Sol edad
En una época de mi vida salía a cazar atardeceres, salía temprano solo para llegar a un lugar donde pudiera abrazar el aire y ver cómo el cielo revela sus matices. Atrapar ese cuadro entre todos de muchas formas, unos con los ojos, otros con una cámara, algunos con pinceles y acuarelas, cada uno a su modo, a su forma.
Me gusta ver cuándo cae la tarde, el cielo se desnuda, nos muestra su esplendor, nos seduce y luego se pone su pijama, a veces con líneas azules y grises, otras con puntitos blancos que destacan en el oscuro fondo del infinito que nos rodea.
Me gusta ver la noche, me gusta soñar despierta, ver al cielo con la certeza de que alguien más en una de esas estrellas está mirando hacia mí, vera una estrella pero en ese punto blanco estoy yo parada mirándole también.
A veces la soledad nos invade aún rodeados de personas, es entonces cuando perderse en los cielos se convierte en la certeza de no estar solos, no muchos entenderán esto pero los pocos que lo hacen saben de lo que escribo.
Ahora mis perdemos esos épicos momentos por estar conectados a un teléfono móvil. El celular es como la espuma, da compañía momentánea que de desvanece poco a poco, refugiarse en el para evadir la realidad es caso tan deprimente como vestir una almohada y sentarse a conversar con ella.
Aún así la vida sigue, enseñándonos en cada paso que debemos aprender a aceptar las realidades que hemos recibido, que lo que nos pasa ahora es lo mejor que pudo pasarnos y que todo es para crecer, que la soledad de estar acompañado es tan buena como la soledad en sí, en ambas podemos hacer viajes de introspección y hablar con nosotros mismos, podemos solar despiertos y vivir fantasías maravillosas.
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